Porque sucede que paso noches enteras congelado frente al texto ya terminado, suplicando por un milagro que lo llame de alguna manera; y la presión que uno siente al notar que no hay más salida que escribir un título, se hace insoportable. ¡¿Cómo puedo escribir un texto de cuatro o cinco párrafos, y no soy capaz de encontrar UNA palabra que lo resuma?!
Más allá de esta sentida frustración, debo admitir que alguno de estos textos no merece título, no merece ser llamado texto, y no merece atenciones. Sin embargo, dejarlos sin nombrar, sin una identidad, comenzó a carcomer mi conciencia, mi dormir, y mi momento de inspiración. Tal vez la razón de por qué abandoné la escritura.
De alguna manera es reconfortante pensar que no es por la nula aprobación de quienes se aventuraron a leer mis escritos, que dejé de escribir. Si no, más bien, porque no encuentro títulos. Se oye maduro, con dejos de superación; y estoy convencido y orgulloso de mi modo de pensar.
Ahora bien, se plantea un dilema aquí. Deberé escribir un título para este bastardo, y no me siento capaz de hacerlo. Tardaré días, horas, noches, parpadeos, suspiros, sudores, broncas, iras, hasta llegar a la tan ansiada superación. O tal vez ésto nunca vea la luz, y quede tan guardado en algún recoveco como debería suceder.
Y vamos de nuevo, a preguntarme por que vuelvo a escribir, si siempre quedo atascado en el mismo lugar. En ese rectángulo en blanco.
¿Por qué dejé de escribir? Porque ésto es lo que sale cuando lo intento.