Llegué sin quererlo a un gran agujero de hombres despedazados. Cada uno tenía su razón de estar allí y por supuesto, nadie se quejaba.
Oí historias de todo tipo; alguno nombró entre brazos y piernas, a una mujer. Y coincidencias o no, la mayoría se escudó bajo la misma razón.
Pasadas las horas, se habían desprendido de mí, una pierna y mi cabeza; hasta entonces, los hombres continuaban cayendo desde algún lado a esta tierra de pobres desordenados.
Me sorprendí al notar que nadie los reclamaba, de vez en cuando un perro se llevaba un brazo y jugaba con él hasta cansarse. Pero nadie nunca esperó algo más. Era como si el mundo los hubiera olvidado, allí perdidos, algo confundidos, pero sin quejarse. Tal vez resignados.
Los que pudieron hacerlo, sonrieron al oírme silbar. Y les avisaron a otros que chasqueen sus dedos, o simplemente aplaudan. Los que podían hacerlo, lo hicieron. Al fin de cuentas no había nada más que hacer.
Fue así que silbé hasta que mi boca se desprendió de mi cara y lloré con el ojo que quedaba en mí. Un pobre hombre que se mantenía ahí cerca, con su pie golpeó mi hombro dándome fuerzas y me pidió explicaciones para aprender a silbar. Sin dudas fue lo más difícil de mi estadía allí.
La lluvia de hombres no cesaba, y nos sentimos aliviados al entender que cada nuevo que comenzaba a despedazarse, era alguien nuevo para silbar. Si no, nos entreteníamos con el perro que mordía nuestros brazos.
Oí historias de todo tipo; alguno nombró entre brazos y piernas, a una mujer. Y coincidencias o no, la mayoría se escudó bajo la misma razón.
Pasadas las horas, se habían desprendido de mí, una pierna y mi cabeza; hasta entonces, los hombres continuaban cayendo desde algún lado a esta tierra de pobres desordenados.
Me sorprendí al notar que nadie los reclamaba, de vez en cuando un perro se llevaba un brazo y jugaba con él hasta cansarse. Pero nadie nunca esperó algo más. Era como si el mundo los hubiera olvidado, allí perdidos, algo confundidos, pero sin quejarse. Tal vez resignados.
Los que pudieron hacerlo, sonrieron al oírme silbar. Y les avisaron a otros que chasqueen sus dedos, o simplemente aplaudan. Los que podían hacerlo, lo hicieron. Al fin de cuentas no había nada más que hacer.
Fue así que silbé hasta que mi boca se desprendió de mi cara y lloré con el ojo que quedaba en mí. Un pobre hombre que se mantenía ahí cerca, con su pie golpeó mi hombro dándome fuerzas y me pidió explicaciones para aprender a silbar. Sin dudas fue lo más difícil de mi estadía allí.
La lluvia de hombres no cesaba, y nos sentimos aliviados al entender que cada nuevo que comenzaba a despedazarse, era alguien nuevo para silbar. Si no, nos entreteníamos con el perro que mordía nuestros brazos.