Recién se acomodaban en sus asientos, aún con sus ojos húmedos de ver al capitán emocionado por sus colores. No pudieron entender como ese planeta pequeño con nombre sudafricano hizo gritar a los del otro lado del océano.
Recién retomaban con sus cábalas, uno del lado izquierdo, el otro cruzado de piernas, el otro con los vestigios del 86. Vieron a los detractores del arte salirse con la suya, una vez más.
Sin embargo, no dudaron un segundo en la proeza. Allí en la tierra, estaba su elegido. Quien representaba el deseo de los dioses, quien manifestaba el gusto de las deidades; allí arriba pintaron en sus caras los colores del cielo.
Entonces perdieron la compostura al ver a ese mitad hombre-mitad dios, pidiéndoles una mano, como sucedió una vez hace tanto tiempo. Levantados de sus asientos y arrancándose los pelos, buscaron la manera de parar el mundo, de parar el tiempo, de cambiar el marcador. Los astros tenían tickets también para semis.
Descolocados, y comenzando a enloquecer, llamaron al mandamás. Pidieron algún cambio de favores, hasta incluso rogaron. El elegido, allí abajo en tierra, buscaba respuestas en su amuleto, muy apretado en su puño.
Algunos, inmersos en la locura, denunciaban y criticaban al dios hecho persona. No podían tolerar bajo ningún concepto el tercer gol en contra. Otra vez, los detractores del arte se salían con la suya..
La perplejidad se adueñó de todos con ese último golpe asestado por el equipo villano, allí arriba los colores se desvanecieron entre lágrimas.
No bastó ser el mejor de la historia, no bastó erizarles la piel con una apilada interminable de jugadores de blanco, no bastó con esa zurda divina, no bastó ni bastaría. Los dioses son insaciables, la victoria los mantiene vivos, el buen juego los satisface.
No quedó tiempo para nada, ni siquiera para acordarse de que sucedió entre el minuto 0 y el minuto 3. Todo comenzó a derrumbarse desde el principio, pero los dioses esperaron la proeza. Claro, estaba uno de ellos detrás de la línea de cal.
Recién retomaban con sus cábalas, uno del lado izquierdo, el otro cruzado de piernas, el otro con los vestigios del 86. Vieron a los detractores del arte salirse con la suya, una vez más.
Sin embargo, no dudaron un segundo en la proeza. Allí en la tierra, estaba su elegido. Quien representaba el deseo de los dioses, quien manifestaba el gusto de las deidades; allí arriba pintaron en sus caras los colores del cielo.
Entonces perdieron la compostura al ver a ese mitad hombre-mitad dios, pidiéndoles una mano, como sucedió una vez hace tanto tiempo. Levantados de sus asientos y arrancándose los pelos, buscaron la manera de parar el mundo, de parar el tiempo, de cambiar el marcador. Los astros tenían tickets también para semis.
Descolocados, y comenzando a enloquecer, llamaron al mandamás. Pidieron algún cambio de favores, hasta incluso rogaron. El elegido, allí abajo en tierra, buscaba respuestas en su amuleto, muy apretado en su puño.
Algunos, inmersos en la locura, denunciaban y criticaban al dios hecho persona. No podían tolerar bajo ningún concepto el tercer gol en contra. Otra vez, los detractores del arte se salían con la suya..
La perplejidad se adueñó de todos con ese último golpe asestado por el equipo villano, allí arriba los colores se desvanecieron entre lágrimas.
No bastó ser el mejor de la historia, no bastó erizarles la piel con una apilada interminable de jugadores de blanco, no bastó con esa zurda divina, no bastó ni bastaría. Los dioses son insaciables, la victoria los mantiene vivos, el buen juego los satisface.
No quedó tiempo para nada, ni siquiera para acordarse de que sucedió entre el minuto 0 y el minuto 3. Todo comenzó a derrumbarse desde el principio, pero los dioses esperaron la proeza. Claro, estaba uno de ellos detrás de la línea de cal.
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