Here comes the sun

"¿Cómo caerte mal un tipo así?"


Simplemente habría que lograr que suceda..

lunes, 4 de abril de 2011

Las frustrantes dos calles.

La noche no daba abasto en su tarea de silenciar por un rato la ciudad. Por mi parte, gustaba tomar whisky en el bar bajo mi apartamento.
Sinceramente me había asqueado el humo del lugar, dejé mi paquete con aún tres o cuatro cigarrillos sobre la mesa, con unas monedas de propina para el hombre que no tenía reparos en verme beber cual puerco. Luego, ajustando la bufanda sobre mi cuello recordé que en casa no podía dormir bien. Una gotera, y el recuerdo tacaño de sus tetas hacían mis noches imposibles. No faltó pensar con claridad para tomar mi celular y marcar un número tan fácil como quien respondería del otro lado.
-"¿Desesperado?" Contestó sin mediar saludos. -"Pues no me importa. Ven. Toca bocina para saber que llegaste".
Nunca me gustó hablar por teléfono.
Antes de subir al auto, y con la manga de mi campera, limpié el parabrisas de escarcha acumulada. Luego sequé el tablero y los asientos de agua filtrada por algún resquicio que nunca encontré. Supe que el invierno traería sus problemas para con mi pobre carro. 
Tomé por la autopista con apuro, pronto amanecería y odio tener sexo cuando amanece. Cometí ese error una vez al llegar con el sol sobre mis tobillos, pretendiendo acostarme con mi novia, ella pretendió acurrucarse bajo sus sábanas a fumar, viendo al sol burlarse de mí. Esas manías que tenemos algunos.
El frío paralizaba mi oreja izquierda. Uno de los tantos defectos de mi auto era la ventanilla que no subía completamente; otro era el espantoso ruido que emitía algo en algún lugar.
Toqué bocina dos veces. Dos pequeños golpes que quitaron la modorra a un perro echado sobre unas cajas. Éste pareció mirarme con fastidio, y pronto volvió a dormir. 
-"Sube". Habló muy despacio una morocha de pelo tomado, asomándose por su ventana.
Bajé de mi auto, y pensé que haber dejado los cigarrillos en el bar fue un gran error. Puse la bufanda sobre mis hombros y subí las escaleras hasta el segundo piso.
-"¿Un cigarrillo?" 
-"Gracias. Olvidé los míos"
-"Espero no hayas olvidado lo que me prometiste..."
-"No lo olvidé. Es sólo que no aún no tengo para darte"
-"Chico, tener sexo contigo sería mejor si pagaras la tarifa". Habló con cierto fastidio mientras besaba mi aún congelada oreja.
-"Prometo pagar mis deudas lo antes posible. Déjame ver tus tetas"
Dicen algunos que los negocios no deben mezclarse con amor. Pero por supuesto, sí con sexo. Bien, sexo y amor es lo mismo.
Amaneció lógicamente. Y nos encontramos con las persianas bajas, discutiendo de cuentas y números. Sin embargo nos besábamos y tocábamos como sabíamos. Comencé a besar con cuidado sus largas piernas, y en el clímax, perdonó mis deudas. Luego gritó por su pago cuándo el whisky me hizo dormir unos minutos.
-"Te amo". Susurró cuándo supo que debía irme.  -"¡Perdedor!" Gritó luego por su ventana al verme ya sentado en mi auto.
Entonces tomé el camino pronto a mi departamento, con la oreja congelada, y con una deuda sobre mis hombros. Recordé la gotera, y el desayuno en la cama que mi ex novia gustaba preparar; frustrado, volví al bar con la excusa de haber olvidado mis cigarrillos.

sábado, 2 de abril de 2011

Querida obsesión:


Hoy, con mi mano temblorosa, atino a sumergir la pluma en tinta, y con la desesperación lógica, escribirle lo que mi corazón dicta; enloquecido entre sus paredes, desangrándose entre latidos.
Éste arrugado papel servirá de aire, donde podré plasmar mi saliva y sudor. Explayarme con la misma locura que el correr de mi sangre, con la misma locura del grito incontenible nacido en lo profundo de mi ser.
Fiel a la costumbre del hombre, caeré enceguecido a sus pies. Como una diosa griega la veré bajar del Olimpo, o en su canto de sirena me veré obligado a perder mi alma. 
En cada respiro que tomo al pensar las siguientes palabras, noto a mis dedos danzar desesperados, incapaces de esperar a esa brisa gélida que hace las veces de inspiración, y ésta habitación comienza a ser mi cárcel, donde sólo puedo pensarla.
Mi pluma ya no es pluma, es una ventana a su rostro, y la belleza en sus ojos es la razón por la que la Luna ya no me importa. 
El grito urgente de mis huesos, mi carne, y mi alma, se muestra incontenible ante éste nuevo orden. El nirvana debe desenvolverse entre sus manos, indigesto de falsas ilusiones o intentos en vano. El paraíso está inmerso en sus senos, el infierno es quedarse fuera.
Y la tortura de su belleza consiste en limitar los horizontes en mi cabeza, en convertir cualquier cielo en una caja oscura de húmedas paredes, y su voz en forma de canto estrujando mi alma. Para saber por siempre qué estoy perdiendo, tanto allí dentro, como aquí escribiendo.
No pretendo, señorita, nada más que hacerle llegar ésta carta. Tampoco culparla de mi locura, ni enterarla de su belleza.
Es sólo acallar éste grito que no deja conciliar mi sueño, y que sólo invita a una muerte temprana y asistida. Dirá usted, que mi confesión es algo desesperante; pero verá, si estuviese de éste lado lo entendería.