Hoy, con mi mano temblorosa, atino a sumergir la pluma en tinta, y con la desesperación lógica, escribirle lo que mi corazón dicta; enloquecido entre sus paredes, desangrándose entre latidos.
Éste arrugado papel servirá de aire, donde podré plasmar mi saliva y sudor. Explayarme con la misma locura que el correr de mi sangre, con la misma locura del grito incontenible nacido en lo profundo de mi ser.
Fiel a la costumbre del hombre, caeré enceguecido a sus pies. Como una diosa griega la veré bajar del Olimpo, o en su canto de sirena me veré obligado a perder mi alma.
En cada respiro que tomo al pensar las siguientes palabras, noto a mis dedos danzar desesperados, incapaces de esperar a esa brisa gélida que hace las veces de inspiración, y ésta habitación comienza a ser mi cárcel, donde sólo puedo pensarla.
Mi pluma ya no es pluma, es una ventana a su rostro, y la belleza en sus ojos es la razón por la que la Luna ya no me importa.
El grito urgente de mis huesos, mi carne, y mi alma, se muestra incontenible ante éste nuevo orden. El nirvana debe desenvolverse entre sus manos, indigesto de falsas ilusiones o intentos en vano. El paraíso está inmerso en sus senos, el infierno es quedarse fuera.
Y la tortura de su belleza consiste en limitar los horizontes en mi cabeza, en convertir cualquier cielo en una caja oscura de húmedas paredes, y su voz en forma de canto estrujando mi alma. Para saber por siempre qué estoy perdiendo, tanto allí dentro, como aquí escribiendo.
No pretendo, señorita, nada más que hacerle llegar ésta carta. Tampoco culparla de mi locura, ni enterarla de su belleza.
Es sólo acallar éste grito que no deja conciliar mi sueño, y que sólo invita a una muerte temprana y asistida. Dirá usted, que mi confesión es algo desesperante; pero verá, si estuviese de éste lado lo entendería.
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