Equivocarte una vez, es equivocarte siempre de la misma forma, porque sólo conoces una sola manera de hacer mal las cosas. Eso frustra.
Es frustrante no tener gracia para errar, de hecho, hacerlo, es estéticamente horrible. Caen los párpados, la boca pesa lo que infinitas malas historias, y el alma se encierra detrás de la lengua, haciendo la garganta algo tan insufrible como saber que te vuelves a equivocar.
Pero estar incómodo en tus zapatos es natural, tanto como tus uñas creciendo para volver a arrancarlas, entonces no pides piedad por tu desánimo, pides por favor saber cómo desanimarte con clase.
Sin embargo, así como el cielo se encenderá por millones de años cada mañana, en tus oídos reconocerás ese balbuceo que ensayaste. Y querrás verte estallar.
El miedo de repetir escenas se incrusta en tu inconsciente, cansado de soñarlas y pensarlas, te detienes a dibujarlas en milésimas de segundos llamados deja vú. No sabes como salir, como irte, como comenzar de cero, y no sabes cómo, porque NO puede hacerse. Te bates a duelo con tus memorias hasta siempre.
Es increíble la supervivencia del hombre por tanto tiempo. ¿Cómo pudo vivir consigo mismo?
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