Y sin embargo, aún se arrojan monedas a la fuente.
Tal vez como agradecimiento a las riquezas que atrae este vital elemento, las personas arrojan con decoro miles de monedas que adornan el fondo de alguna buenaventurada fuente. Olvidando, por momentos, la razón y lógica de su accionar. Simplemente, y a ojos cerrados, dejan caer de sus manos parte de sus ganancias para satisfacer sus deseos de contribuir a tal tradición.
Y allí están. Inertes, ahogadas; inservibles al propósito al cual fueron asignadas, al de hacer al mundo andar.
Llevando consigo la pesada carga de cumplir los sueños de la humanidad. La responsabilidad de alimentar las ilusiones de grandes y chicos, que en puño apretado y ojos cerrados, impregnaron a monedas de cinco céntimos, la felicidad de una situación tan cotidiana como arrojar una moneda a una fuente.
Por tanto, brillan sumergidas, tan muertas y simpáticas, esperando consumar su objetivo. Esperando por otros cientos de años de sueños incumplidos, de más monedas y esperanzas.
Here comes the sun
"¿Cómo caerte mal un tipo así?"
Simplemente habría que lograr que suceda..
lunes, 3 de octubre de 2011
lunes, 4 de abril de 2011
Las frustrantes dos calles.
La noche no daba abasto en su tarea de silenciar por un rato la ciudad. Por mi parte, gustaba tomar whisky en el bar bajo mi apartamento.
Sinceramente me había asqueado el humo del lugar, dejé mi paquete con aún tres o cuatro cigarrillos sobre la mesa, con unas monedas de propina para el hombre que no tenía reparos en verme beber cual puerco. Luego, ajustando la bufanda sobre mi cuello recordé que en casa no podía dormir bien. Una gotera, y el recuerdo tacaño de sus tetas hacían mis noches imposibles. No faltó pensar con claridad para tomar mi celular y marcar un número tan fácil como quien respondería del otro lado.
-"¿Desesperado?" Contestó sin mediar saludos. -"Pues no me importa. Ven. Toca bocina para saber que llegaste".
Nunca me gustó hablar por teléfono.
Antes de subir al auto, y con la manga de mi campera, limpié el parabrisas de escarcha acumulada. Luego sequé el tablero y los asientos de agua filtrada por algún resquicio que nunca encontré. Supe que el invierno traería sus problemas para con mi pobre carro.
Tomé por la autopista con apuro, pronto amanecería y odio tener sexo cuando amanece. Cometí ese error una vez al llegar con el sol sobre mis tobillos, pretendiendo acostarme con mi novia, ella pretendió acurrucarse bajo sus sábanas a fumar, viendo al sol burlarse de mí. Esas manías que tenemos algunos.
El frío paralizaba mi oreja izquierda. Uno de los tantos defectos de mi auto era la ventanilla que no subía completamente; otro era el espantoso ruido que emitía algo en algún lugar.
Toqué bocina dos veces. Dos pequeños golpes que quitaron la modorra a un perro echado sobre unas cajas. Éste pareció mirarme con fastidio, y pronto volvió a dormir.
-"Sube". Habló muy despacio una morocha de pelo tomado, asomándose por su ventana.
Bajé de mi auto, y pensé que haber dejado los cigarrillos en el bar fue un gran error. Puse la bufanda sobre mis hombros y subí las escaleras hasta el segundo piso.
-"¿Un cigarrillo?"
-"Gracias. Olvidé los míos"
-"Espero no hayas olvidado lo que me prometiste..."
-"No lo olvidé. Es sólo que no aún no tengo para darte"
-"Chico, tener sexo contigo sería mejor si pagaras la tarifa". Habló con cierto fastidio mientras besaba mi aún congelada oreja.
-"Prometo pagar mis deudas lo antes posible. Déjame ver tus tetas"
Dicen algunos que los negocios no deben mezclarse con amor. Pero por supuesto, sí con sexo. Bien, sexo y amor es lo mismo.
Amaneció lógicamente. Y nos encontramos con las persianas bajas, discutiendo de cuentas y números. Sin embargo nos besábamos y tocábamos como sabíamos. Comencé a besar con cuidado sus largas piernas, y en el clímax, perdonó mis deudas. Luego gritó por su pago cuándo el whisky me hizo dormir unos minutos.
-"Te amo". Susurró cuándo supo que debía irme. -"¡Perdedor!" Gritó luego por su ventana al verme ya sentado en mi auto.
Entonces tomé el camino pronto a mi departamento, con la oreja congelada, y con una deuda sobre mis hombros. Recordé la gotera, y el desayuno en la cama que mi ex novia gustaba preparar; frustrado, volví al bar con la excusa de haber olvidado mis cigarrillos.
sábado, 2 de abril de 2011
Querida obsesión:
Hoy, con mi mano temblorosa, atino a sumergir la pluma en tinta, y con la desesperación lógica, escribirle lo que mi corazón dicta; enloquecido entre sus paredes, desangrándose entre latidos.
Éste arrugado papel servirá de aire, donde podré plasmar mi saliva y sudor. Explayarme con la misma locura que el correr de mi sangre, con la misma locura del grito incontenible nacido en lo profundo de mi ser.
Fiel a la costumbre del hombre, caeré enceguecido a sus pies. Como una diosa griega la veré bajar del Olimpo, o en su canto de sirena me veré obligado a perder mi alma.
En cada respiro que tomo al pensar las siguientes palabras, noto a mis dedos danzar desesperados, incapaces de esperar a esa brisa gélida que hace las veces de inspiración, y ésta habitación comienza a ser mi cárcel, donde sólo puedo pensarla.
Mi pluma ya no es pluma, es una ventana a su rostro, y la belleza en sus ojos es la razón por la que la Luna ya no me importa.
El grito urgente de mis huesos, mi carne, y mi alma, se muestra incontenible ante éste nuevo orden. El nirvana debe desenvolverse entre sus manos, indigesto de falsas ilusiones o intentos en vano. El paraíso está inmerso en sus senos, el infierno es quedarse fuera.
Y la tortura de su belleza consiste en limitar los horizontes en mi cabeza, en convertir cualquier cielo en una caja oscura de húmedas paredes, y su voz en forma de canto estrujando mi alma. Para saber por siempre qué estoy perdiendo, tanto allí dentro, como aquí escribiendo.
No pretendo, señorita, nada más que hacerle llegar ésta carta. Tampoco culparla de mi locura, ni enterarla de su belleza.
Es sólo acallar éste grito que no deja conciliar mi sueño, y que sólo invita a una muerte temprana y asistida. Dirá usted, que mi confesión es algo desesperante; pero verá, si estuviese de éste lado lo entendería.
lunes, 28 de marzo de 2011
El lecho de los hombres muertos.
Llegué sin quererlo a un gran agujero de hombres despedazados. Cada uno tenía su razón de estar allí y por supuesto, nadie se quejaba.
Oí historias de todo tipo; alguno nombró entre brazos y piernas, a una mujer. Y coincidencias o no, la mayoría se escudó bajo la misma razón.
Pasadas las horas, se habían desprendido de mí, una pierna y mi cabeza; hasta entonces, los hombres continuaban cayendo desde algún lado a esta tierra de pobres desordenados.
Me sorprendí al notar que nadie los reclamaba, de vez en cuando un perro se llevaba un brazo y jugaba con él hasta cansarse. Pero nadie nunca esperó algo más. Era como si el mundo los hubiera olvidado, allí perdidos, algo confundidos, pero sin quejarse. Tal vez resignados.
Los que pudieron hacerlo, sonrieron al oírme silbar. Y les avisaron a otros que chasqueen sus dedos, o simplemente aplaudan. Los que podían hacerlo, lo hicieron. Al fin de cuentas no había nada más que hacer.
Fue así que silbé hasta que mi boca se desprendió de mi cara y lloré con el ojo que quedaba en mí. Un pobre hombre que se mantenía ahí cerca, con su pie golpeó mi hombro dándome fuerzas y me pidió explicaciones para aprender a silbar. Sin dudas fue lo más difícil de mi estadía allí.
La lluvia de hombres no cesaba, y nos sentimos aliviados al entender que cada nuevo que comenzaba a despedazarse, era alguien nuevo para silbar. Si no, nos entreteníamos con el perro que mordía nuestros brazos.
Oí historias de todo tipo; alguno nombró entre brazos y piernas, a una mujer. Y coincidencias o no, la mayoría se escudó bajo la misma razón.
Pasadas las horas, se habían desprendido de mí, una pierna y mi cabeza; hasta entonces, los hombres continuaban cayendo desde algún lado a esta tierra de pobres desordenados.
Me sorprendí al notar que nadie los reclamaba, de vez en cuando un perro se llevaba un brazo y jugaba con él hasta cansarse. Pero nadie nunca esperó algo más. Era como si el mundo los hubiera olvidado, allí perdidos, algo confundidos, pero sin quejarse. Tal vez resignados.
Los que pudieron hacerlo, sonrieron al oírme silbar. Y les avisaron a otros que chasqueen sus dedos, o simplemente aplaudan. Los que podían hacerlo, lo hicieron. Al fin de cuentas no había nada más que hacer.
Fue así que silbé hasta que mi boca se desprendió de mi cara y lloré con el ojo que quedaba en mí. Un pobre hombre que se mantenía ahí cerca, con su pie golpeó mi hombro dándome fuerzas y me pidió explicaciones para aprender a silbar. Sin dudas fue lo más difícil de mi estadía allí.
La lluvia de hombres no cesaba, y nos sentimos aliviados al entender que cada nuevo que comenzaba a despedazarse, era alguien nuevo para silbar. Si no, nos entreteníamos con el perro que mordía nuestros brazos.
domingo, 27 de marzo de 2011
Relatos y cursilerías para un domingo de soledad incontenible.
Me preguntaron que tipo de mujer prefiero. Me preguntaron si rubia o morocha. Introvertida o extrovertida. Si canta o habla. Tacos, descalza. Si chasquea los dedos o si golpea su pie en el suelo. Me preguntaron como sería mi mujer ideal.
Intenté explayarme en una respuesta sincera, real. Pero aquel que preguntó, no entendería. Sólo hubiese aceptado como respuesta alguna de las opciones que para él, eran indispensables.
Evité entonces la discusión, divagué un poco en las palabras y no elaboré respuesta concreta. Poco antes de dejar de hablar, volvió a preguntar algo ofuscado. "¿Cómo prefieres a las mujeres?"
Lo miré y confié en que entendería.
-"Prefiero a mi almohada suave, prefiero al whisky con hielo, prefiero a los pájaros en el cielo."
Un silencio tan corto como un suspiro me entretuvo hasta volver a hablar.
-"Uno no prefiere a una mujer antes que a otra, por el color de pelo o tono de voz. En mi caso, y si he de responder a tu pregunta con sinceridad, prefiero una mujer tan inmensa como para seguir a mi lado luego de conocerme."
El hombre insatisfecho y fastidiado, dio media vuelta y buscó una respuesta acorde a lo cotidiano.
Al verme solo otra vez, afirmé mi idea y deseo de encontrar esa conexión genuina entre vos y yo.
Intenté explayarme en una respuesta sincera, real. Pero aquel que preguntó, no entendería. Sólo hubiese aceptado como respuesta alguna de las opciones que para él, eran indispensables.
Evité entonces la discusión, divagué un poco en las palabras y no elaboré respuesta concreta. Poco antes de dejar de hablar, volvió a preguntar algo ofuscado. "¿Cómo prefieres a las mujeres?"
Lo miré y confié en que entendería.
-"Prefiero a mi almohada suave, prefiero al whisky con hielo, prefiero a los pájaros en el cielo."
Un silencio tan corto como un suspiro me entretuvo hasta volver a hablar.
-"Uno no prefiere a una mujer antes que a otra, por el color de pelo o tono de voz. En mi caso, y si he de responder a tu pregunta con sinceridad, prefiero una mujer tan inmensa como para seguir a mi lado luego de conocerme."
El hombre insatisfecho y fastidiado, dio media vuelta y buscó una respuesta acorde a lo cotidiano.
Al verme solo otra vez, afirmé mi idea y deseo de encontrar esa conexión genuina entre vos y yo.
El desconsuelo del Olimpo.
Recién se acomodaban en sus asientos, aún con sus ojos húmedos de ver al capitán emocionado por sus colores. No pudieron entender como ese planeta pequeño con nombre sudafricano hizo gritar a los del otro lado del océano.
Recién retomaban con sus cábalas, uno del lado izquierdo, el otro cruzado de piernas, el otro con los vestigios del 86. Vieron a los detractores del arte salirse con la suya, una vez más.
Sin embargo, no dudaron un segundo en la proeza. Allí en la tierra, estaba su elegido. Quien representaba el deseo de los dioses, quien manifestaba el gusto de las deidades; allí arriba pintaron en sus caras los colores del cielo.
Entonces perdieron la compostura al ver a ese mitad hombre-mitad dios, pidiéndoles una mano, como sucedió una vez hace tanto tiempo. Levantados de sus asientos y arrancándose los pelos, buscaron la manera de parar el mundo, de parar el tiempo, de cambiar el marcador. Los astros tenían tickets también para semis.
Descolocados, y comenzando a enloquecer, llamaron al mandamás. Pidieron algún cambio de favores, hasta incluso rogaron. El elegido, allí abajo en tierra, buscaba respuestas en su amuleto, muy apretado en su puño.
Algunos, inmersos en la locura, denunciaban y criticaban al dios hecho persona. No podían tolerar bajo ningún concepto el tercer gol en contra. Otra vez, los detractores del arte se salían con la suya..
La perplejidad se adueñó de todos con ese último golpe asestado por el equipo villano, allí arriba los colores se desvanecieron entre lágrimas.
No bastó ser el mejor de la historia, no bastó erizarles la piel con una apilada interminable de jugadores de blanco, no bastó con esa zurda divina, no bastó ni bastaría. Los dioses son insaciables, la victoria los mantiene vivos, el buen juego los satisface.
No quedó tiempo para nada, ni siquiera para acordarse de que sucedió entre el minuto 0 y el minuto 3. Todo comenzó a derrumbarse desde el principio, pero los dioses esperaron la proeza. Claro, estaba uno de ellos detrás de la línea de cal.
Recién retomaban con sus cábalas, uno del lado izquierdo, el otro cruzado de piernas, el otro con los vestigios del 86. Vieron a los detractores del arte salirse con la suya, una vez más.
Sin embargo, no dudaron un segundo en la proeza. Allí en la tierra, estaba su elegido. Quien representaba el deseo de los dioses, quien manifestaba el gusto de las deidades; allí arriba pintaron en sus caras los colores del cielo.
Entonces perdieron la compostura al ver a ese mitad hombre-mitad dios, pidiéndoles una mano, como sucedió una vez hace tanto tiempo. Levantados de sus asientos y arrancándose los pelos, buscaron la manera de parar el mundo, de parar el tiempo, de cambiar el marcador. Los astros tenían tickets también para semis.
Descolocados, y comenzando a enloquecer, llamaron al mandamás. Pidieron algún cambio de favores, hasta incluso rogaron. El elegido, allí abajo en tierra, buscaba respuestas en su amuleto, muy apretado en su puño.
Algunos, inmersos en la locura, denunciaban y criticaban al dios hecho persona. No podían tolerar bajo ningún concepto el tercer gol en contra. Otra vez, los detractores del arte se salían con la suya..
La perplejidad se adueñó de todos con ese último golpe asestado por el equipo villano, allí arriba los colores se desvanecieron entre lágrimas.
No bastó ser el mejor de la historia, no bastó erizarles la piel con una apilada interminable de jugadores de blanco, no bastó con esa zurda divina, no bastó ni bastaría. Los dioses son insaciables, la victoria los mantiene vivos, el buen juego los satisface.
No quedó tiempo para nada, ni siquiera para acordarse de que sucedió entre el minuto 0 y el minuto 3. Todo comenzó a derrumbarse desde el principio, pero los dioses esperaron la proeza. Claro, estaba uno de ellos detrás de la línea de cal.
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