Here comes the sun

"¿Cómo caerte mal un tipo así?"


Simplemente habría que lograr que suceda..

viernes, 12 de abril de 2013

Miedo

-"Quiero volver a tener miedo de los monstruos, Miguel." Dijo despacio, como si suspirara, el Negro José.
-"¿De los monstruos?"
-"Sí, quiero acostarme por las noches y temer únicamente a los monstruos. Quiero taparme hasta la cabeza y pensar en que, tal vez, esos monstruos no vean bien en la oscuridad, mientras yo, de a poco, me acostumbro a ella y observo todos los rincones de mi habitación con absoluta atención"
-"Estás grande para eso, Negro".
-"Miguel, ¿Alguna vez quisiste ser grande para hacer cosas de grande?"
-"Sí, siempre quise ser grande para que me tomaran en serio los grandes"
-"¿Ves que triste?" Preguntó José con cierta melancolía en su voz. -"Hasta recién te tomaba en serio, y ahora no puedo dejar de pensar en que ya estás grande, no le temes a los monstruos, y aún así no te quejas de ello".
-"Tengo trabajo que hacer, Negro. Seguí quejándote que así los monstruos van a terminar por devorarte"
-"No, ya no les temo. Le temo a todo esto, que es la vida sin monstruos."

domingo, 9 de septiembre de 2012

Decir nada

Equivocarte una vez, es equivocarte siempre de la misma forma, porque sólo conoces una sola manera de hacer mal las cosas. Eso frustra.
Es frustrante no tener gracia para errar, de hecho, hacerlo, es estéticamente horrible. Caen los párpados, la boca pesa lo que infinitas malas historias, y el alma se encierra detrás de la lengua, haciendo la garganta algo tan insufrible como saber que te vuelves a equivocar.
Pero estar incómodo en tus zapatos es natural, tanto como tus uñas creciendo para volver a arrancarlas, entonces no pides piedad por tu desánimo, pides por favor saber cómo desanimarte con clase.
Sin embargo, así como el cielo se encenderá por millones de años cada mañana, en tus oídos reconocerás ese balbuceo que ensayaste. Y querrás verte estallar.
El miedo de repetir escenas se incrusta en tu inconsciente, cansado de soñarlas y pensarlas, te detienes a dibujarlas en milésimas de segundos llamados deja vú. No sabes como salir, como irte, como comenzar de cero, y no sabes cómo, porque NO puede hacerse. Te bates a duelo con tus memorias hasta siempre.
Es increíble la supervivencia del hombre por tanto tiempo. ¿Cómo pudo vivir consigo mismo?

lunes, 9 de abril de 2012

Mis dedos no tienen nada que ver

Entendí de una vez por todas, y no importa si estoy equivocado, la función de mi cabeza. Entendí la razón de aborrecer todo lo que hago, de no estar conforme nunca con mi accionar, con mi cantar, con mi escribir, con mi pensar, con mi elección de zapatos, y con el modo de cortarme el cabello.
Allí dentro, en la complejidad del cerebro, sólo existen dos lugares. Uno es una oficina desordenada, con cientos de papeles sobre un rechinar de escritorio, tres paredes color ocre, una mancha absurda y desconcertante en el techo, y un portal a otra dimensión, donde bolígrafos y buenas ideas se pierden para siempre. El otro lugar, junto a esta oficina, es un imponente edificio de hermoso entrar, iluminado a toda hora, esplendoroso, bien ambientado, con aroma a pinos y lagos de cisnes, donde nadie trabaja.
Y dentro mío están estos dos entes. Trabajando para alguien.
Porque mis ideas se cocinan en este insulso cubículo, donde hay un pobre hombrecillo quien escribe sus trabajos en papel A4, donde este hombrecillo trabaja todo el día, sólo, y resignado a órdenes carentes de lógica. Cuando termina entonces con su deber cotidiano, acerca sus anotaciones al edificio del buen gusto. Y allí, una cúpula de ineptos con poder, se encargan de echar todo por tierra. Con sus bonetes y tarjetas de presentación, desechan todo el papelerío de aquel hombre sudado.
De más está decir que, este directorio de hombres implacables en su sentarse con los dedos entrecruzados, no son más que hombrecillos que alguna vez estuvieron sentados en el cubículo. Porque, claro, ¿Quién quiere pasarse una vida perdiendo bolígrafos?
Entonces, aclarada la razón de por qué muchas veces no me amo, elevo una queja a la cúpula para levantar la moral del hombrecillo.

martes, 20 de marzo de 2012

Bar O' baro

Me pidieron por instrucciones para disparar, y sin haber tenido nunca clara la noción, disparé igual. Y morí así sin más.
No hubo pólvora, ni estruendosos corazones acelerados, tampoco faltó quien desde su asiento gritara horrorizado. Pero yo estaba allí, abatido. Y no pensé en acomodarme la corbata para estar en condiciones de enfrentar la muerte. Aunque sí me lamenté por no haberme afeitado esa barba de dos días, con cual creí dar un aspecto casual.
Estuve tranquilo, imaginando si en verdad había disparado. A veces pienso que no hago las cosas que pretendo, pienso que al hacerlas mal, simplemente no tienen valía. Y, relajado, pensé que no sucedía nada, pronto me iría a casa caminando bajo las estrellas, ya que siempre caminamos bajo ellas, o sobre ellas. ¡Vaya mierda de perspectiva!
Pero entonces tuve frío, y sufrí uno de esos ataques de pánico que tuve siempre en noches largas. ¿Había muerto? ¿Habría alguien que sacudiera mi cuerpo esperando una reacción?
El tiempo se congeló detrás mío, y delante solo estaba su preciosa mirada, y su gesto en boca pronta a dejarse oír.
"No, mi amor. Mañana vienes conmigo a lo de mi madre. El partido lo puedes ver luego repetido"
Desde entonces ya no disparo, pero muero sin embargo.

domingo, 12 de febrero de 2012

Decime de nuevo

-"¿Viste cuando escuchás -Confesiones de Invierno-? Que inmediatamente bajás la mirada, y perdés el foco de las cosas. Que te sentís lejos, o muy cerca de Nito y Charly. No podés dejar de pensar en dibujar su cara en la pared, y enseguida te ponés a pensarla. ¿Me entendés?"
-"Entiendo. No te entiendo a vos en realidad."
-"¿Por qué?"
-"Quizás por que estás ahí, medio muerto"
-"No es tan así, estoy muerto hasta donde puede estarlo alguien"
-"Bueno, contáme un poco más de Sui"
-"Y no, nada. Escuchálos y decime si no te ponen así, un poco vivo." 
-"¿Vivo hasta donde puede estarlo alguien?"
-"Vivo entero."
-"No lo voy a entender nunca. En realidad no te voy a entender a vos."
-"Bueno, es lo de menos."

martes, 10 de enero de 2012

Título:

Dejé de escribir por una simple razón. Tal vez, no sea una razón con la cual puedas satisfacerte, o con la cual puedas escudarte cuando tú tampoco quieras escribir más. Pero es una razón que me deja en mi sitio, me deja a gusto, y ya no me odio tanto como en un principio. Bueno, en fin, dejé de escribir porque no encontré nunca buenos títulos.
Porque sucede que paso noches enteras congelado frente al texto ya terminado, suplicando por un milagro que lo llame de alguna manera; y la presión que uno siente al notar que no hay más salida que escribir un título, se hace insoportable. ¡¿Cómo puedo escribir un texto de cuatro o cinco párrafos, y no soy capaz de encontrar UNA palabra que lo resuma?!
Más allá de esta sentida frustración, debo admitir que alguno de estos textos no merece título, no merece ser llamado texto, y no merece atenciones. Sin embargo, dejarlos sin nombrar, sin una identidad, comenzó a carcomer mi conciencia, mi dormir, y mi momento de inspiración. Tal vez la razón de por qué abandoné la escritura.
De alguna manera es reconfortante pensar que no es por la nula aprobación de quienes se aventuraron a leer mis escritos, que dejé de escribir. Si no, más bien, porque no encuentro títulos. Se oye maduro, con dejos de superación; y estoy convencido y orgulloso de mi modo de pensar.
Ahora bien, se plantea un dilema aquí. Deberé escribir un título para este bastardo, y no me siento capaz de hacerlo. Tardaré días, horas, noches, parpadeos, suspiros, sudores, broncas, iras, hasta llegar a la tan ansiada superación. O tal vez ésto nunca vea la luz, y quede tan guardado en algún recoveco como debería suceder.
Y vamos de nuevo, a preguntarme por que vuelvo a escribir, si siempre quedo atascado en el mismo lugar. En ese rectángulo en blanco.
¿Por qué dejé de escribir? Porque ésto es lo que sale cuando lo intento.

lunes, 3 de octubre de 2011

Monedas

Y sin embargo, aún se arrojan monedas a la fuente.
Tal vez como agradecimiento a las riquezas que atrae este vital elemento, las personas arrojan con decoro miles de monedas que adornan el fondo de alguna buenaventurada fuente. Olvidando, por momentos, la razón y lógica de su accionar. Simplemente, y a ojos cerrados, dejan caer de sus manos parte de sus ganancias para satisfacer sus deseos de contribuir a tal tradición.
Y allí están. Inertes, ahogadas; inservibles al propósito al cual fueron asignadas, al de hacer al mundo andar.
Llevando consigo la pesada carga de cumplir los sueños de la humanidad. La responsabilidad de alimentar las ilusiones de grandes y chicos, que en puño apretado y ojos cerrados, impregnaron a monedas de cinco céntimos, la felicidad de una situación tan cotidiana como arrojar una moneda a una fuente.
Por tanto, brillan sumergidas, tan muertas y simpáticas, esperando consumar su objetivo. Esperando por otros cientos de años de sueños incumplidos, de más monedas y esperanzas.

lunes, 4 de abril de 2011

Las frustrantes dos calles.

La noche no daba abasto en su tarea de silenciar por un rato la ciudad. Por mi parte, gustaba tomar whisky en el bar bajo mi apartamento.
Sinceramente me había asqueado el humo del lugar, dejé mi paquete con aún tres o cuatro cigarrillos sobre la mesa, con unas monedas de propina para el hombre que no tenía reparos en verme beber cual puerco. Luego, ajustando la bufanda sobre mi cuello recordé que en casa no podía dormir bien. Una gotera, y el recuerdo tacaño de sus tetas hacían mis noches imposibles. No faltó pensar con claridad para tomar mi celular y marcar un número tan fácil como quien respondería del otro lado.
-"¿Desesperado?" Contestó sin mediar saludos. -"Pues no me importa. Ven. Toca bocina para saber que llegaste".
Nunca me gustó hablar por teléfono.
Antes de subir al auto, y con la manga de mi campera, limpié el parabrisas de escarcha acumulada. Luego sequé el tablero y los asientos de agua filtrada por algún resquicio que nunca encontré. Supe que el invierno traería sus problemas para con mi pobre carro. 
Tomé por la autopista con apuro, pronto amanecería y odio tener sexo cuando amanece. Cometí ese error una vez al llegar con el sol sobre mis tobillos, pretendiendo acostarme con mi novia, ella pretendió acurrucarse bajo sus sábanas a fumar, viendo al sol burlarse de mí. Esas manías que tenemos algunos.
El frío paralizaba mi oreja izquierda. Uno de los tantos defectos de mi auto era la ventanilla que no subía completamente; otro era el espantoso ruido que emitía algo en algún lugar.
Toqué bocina dos veces. Dos pequeños golpes que quitaron la modorra a un perro echado sobre unas cajas. Éste pareció mirarme con fastidio, y pronto volvió a dormir. 
-"Sube". Habló muy despacio una morocha de pelo tomado, asomándose por su ventana.
Bajé de mi auto, y pensé que haber dejado los cigarrillos en el bar fue un gran error. Puse la bufanda sobre mis hombros y subí las escaleras hasta el segundo piso.
-"¿Un cigarrillo?" 
-"Gracias. Olvidé los míos"
-"Espero no hayas olvidado lo que me prometiste..."
-"No lo olvidé. Es sólo que no aún no tengo para darte"
-"Chico, tener sexo contigo sería mejor si pagaras la tarifa". Habló con cierto fastidio mientras besaba mi aún congelada oreja.
-"Prometo pagar mis deudas lo antes posible. Déjame ver tus tetas"
Dicen algunos que los negocios no deben mezclarse con amor. Pero por supuesto, sí con sexo. Bien, sexo y amor es lo mismo.
Amaneció lógicamente. Y nos encontramos con las persianas bajas, discutiendo de cuentas y números. Sin embargo nos besábamos y tocábamos como sabíamos. Comencé a besar con cuidado sus largas piernas, y en el clímax, perdonó mis deudas. Luego gritó por su pago cuándo el whisky me hizo dormir unos minutos.
-"Te amo". Susurró cuándo supo que debía irme.  -"¡Perdedor!" Gritó luego por su ventana al verme ya sentado en mi auto.
Entonces tomé el camino pronto a mi departamento, con la oreja congelada, y con una deuda sobre mis hombros. Recordé la gotera, y el desayuno en la cama que mi ex novia gustaba preparar; frustrado, volví al bar con la excusa de haber olvidado mis cigarrillos.

sábado, 2 de abril de 2011

Querida obsesión:


Hoy, con mi mano temblorosa, atino a sumergir la pluma en tinta, y con la desesperación lógica, escribirle lo que mi corazón dicta; enloquecido entre sus paredes, desangrándose entre latidos.
Éste arrugado papel servirá de aire, donde podré plasmar mi saliva y sudor. Explayarme con la misma locura que el correr de mi sangre, con la misma locura del grito incontenible nacido en lo profundo de mi ser.
Fiel a la costumbre del hombre, caeré enceguecido a sus pies. Como una diosa griega la veré bajar del Olimpo, o en su canto de sirena me veré obligado a perder mi alma. 
En cada respiro que tomo al pensar las siguientes palabras, noto a mis dedos danzar desesperados, incapaces de esperar a esa brisa gélida que hace las veces de inspiración, y ésta habitación comienza a ser mi cárcel, donde sólo puedo pensarla.
Mi pluma ya no es pluma, es una ventana a su rostro, y la belleza en sus ojos es la razón por la que la Luna ya no me importa. 
El grito urgente de mis huesos, mi carne, y mi alma, se muestra incontenible ante éste nuevo orden. El nirvana debe desenvolverse entre sus manos, indigesto de falsas ilusiones o intentos en vano. El paraíso está inmerso en sus senos, el infierno es quedarse fuera.
Y la tortura de su belleza consiste en limitar los horizontes en mi cabeza, en convertir cualquier cielo en una caja oscura de húmedas paredes, y su voz en forma de canto estrujando mi alma. Para saber por siempre qué estoy perdiendo, tanto allí dentro, como aquí escribiendo.
No pretendo, señorita, nada más que hacerle llegar ésta carta. Tampoco culparla de mi locura, ni enterarla de su belleza.
Es sólo acallar éste grito que no deja conciliar mi sueño, y que sólo invita a una muerte temprana y asistida. Dirá usted, que mi confesión es algo desesperante; pero verá, si estuviese de éste lado lo entendería.

lunes, 28 de marzo de 2011

El lecho de los hombres muertos.



Llegué sin quererlo a un gran agujero de hombres despedazados. Cada uno tenía su razón de estar allí y por supuesto, nadie se quejaba.
Oí historias de todo tipo; alguno nombró entre brazos y piernas, a una mujer. Y coincidencias o no, la mayoría se escudó bajo la misma razón. 
Pasadas las horas, se habían desprendido de mí, una pierna y mi cabeza; hasta entonces, los hombres continuaban cayendo desde algún lado a esta tierra de pobres desordenados.
Me sorprendí al notar que nadie los reclamaba, de vez en cuando un perro se llevaba un brazo y jugaba con él hasta cansarse. Pero nadie nunca esperó algo más. Era como si el mundo los hubiera olvidado, allí perdidos, algo confundidos, pero sin quejarse. Tal vez resignados.
Los que pudieron hacerlo, sonrieron al oírme silbar. Y les avisaron a otros que chasqueen sus dedos, o simplemente aplaudan. Los que podían hacerlo, lo hicieron. Al fin de cuentas no había nada más que hacer.
Fue así que silbé hasta que mi boca se desprendió de mi cara y lloré con el ojo que quedaba en mí. Un pobre hombre que se mantenía ahí cerca, con su pie golpeó mi hombro dándome fuerzas y me pidió explicaciones para aprender a silbar. Sin dudas fue lo más difícil de mi estadía allí.
La lluvia de hombres no cesaba, y nos sentimos aliviados al entender que cada nuevo que comenzaba a despedazarse, era alguien nuevo para silbar. Si no, nos entreteníamos con el perro que mordía nuestros brazos.

domingo, 27 de marzo de 2011

Relatos y cursilerías para un domingo de soledad incontenible.




Me preguntaron que tipo de mujer prefiero. Me preguntaron si rubia o morocha. Introvertida o extrovertida. Si canta o habla. Tacos, descalza. Si chasquea los dedos o si golpea su pie en el suelo. Me preguntaron como sería mi mujer ideal.
Intenté explayarme en una respuesta sincera, real. Pero aquel que preguntó, no entendería. Sólo hubiese aceptado como respuesta alguna de las opciones que para él, eran indispensables.
Evité entonces la discusión, divagué un poco en las palabras y no elaboré respuesta concreta. Poco antes de dejar de hablar, volvió a preguntar algo ofuscado. "¿Cómo prefieres a las mujeres?"
Lo miré y confié en que entendería.
-"Prefiero a mi almohada suave, prefiero al whisky con hielo, prefiero a los pájaros en el cielo."
Un silencio tan corto como un suspiro me entretuvo hasta volver a hablar.
-"Uno no prefiere a una mujer antes que a otra, por el color de pelo o tono de voz. En mi caso, y si he de responder a tu pregunta con sinceridad, prefiero una mujer tan inmensa como para seguir a mi lado luego de conocerme."
El hombre insatisfecho y fastidiado, dio media vuelta y buscó una respuesta acorde a lo cotidiano.
Al verme solo otra vez, afirmé mi idea y deseo de encontrar esa conexión genuina entre vos y yo.

El desconsuelo del Olimpo.



Recién se acomodaban en sus asientos, aún con sus ojos húmedos de ver al capitán emocionado por sus colores. No pudieron entender como ese planeta pequeño con nombre sudafricano hizo gritar a los del otro lado del océano. 
Recién retomaban con sus cábalas, uno del lado izquierdo, el otro cruzado de piernas, el otro con los vestigios del 86. Vieron a los detractores del arte salirse con la suya, una vez más.
Sin embargo, no dudaron un segundo en la proeza. Allí en la tierra, estaba su elegido. Quien representaba el deseo de los dioses, quien manifestaba el gusto de las deidades; allí arriba pintaron en sus caras los colores del cielo.
Entonces perdieron la compostura al ver a ese mitad hombre-mitad dios, pidiéndoles una mano, como sucedió una vez hace tanto tiempo. Levantados de sus asientos y arrancándose los pelos, buscaron la manera de parar el mundo, de parar el tiempo, de cambiar el marcador. Los astros tenían tickets también para semis.
Descolocados, y comenzando a enloquecer, llamaron al mandamás. Pidieron algún cambio de favores, hasta incluso rogaron. El elegido, allí abajo en tierra, buscaba respuestas en su amuleto, muy apretado en su puño.
Algunos, inmersos en la locura, denunciaban y criticaban al dios hecho persona. No podían tolerar bajo ningún concepto el tercer gol en contra. Otra vez, los detractores del arte se salían con la suya.. 
La perplejidad se adueñó de todos con ese último golpe asestado por el equipo villano, allí arriba los colores se desvanecieron entre lágrimas.
No bastó ser el mejor de la historia, no bastó erizarles la piel con una apilada interminable de jugadores de blanco, no bastó con esa zurda divina, no bastó ni bastaría. Los dioses son insaciables, la victoria los mantiene vivos, el buen juego los satisface. 
No quedó tiempo para nada, ni siquiera para acordarse de que sucedió entre el minuto 0 y el minuto 3. Todo comenzó a derrumbarse desde el principio, pero los dioses esperaron la proeza. Claro, estaba uno de ellos detrás de la línea de cal.